Autor: David Alejandro Bastardo Martínez
Politólogo de la Universidad Central de Venezuela e Investigador en la Fundación Instituto de Estudios Avanzados.
Para nadie es un secreto que en la era de la ubicuidad informática, las tecnologías están siendo usadas para la guerra. A lo largo de todo el mundo, los complejos sistemas de información utilizan bases de datos universales para servir a intereses políticos poderosos, especialmente en lo que se refiere a teatros de operaciones de tipo militar. Se habla de guerra informática, de cyberwarfare, y se incluye a la tecnología como un sector vulnerable pero omnipresente. Si tomamos por cierta la definición de guerra que postula Clausewitz, el influyente militar prusiano del siglo diecinueve, “la guerra es la continuación de la política con otros medios”, entonces sería legítimo preguntarnos si las tecnologías de información constituyen algunos de esos medios.

Acaso por esta razón ha salido a la palestra en tiempo reciente un concepto tan vanguardista como el de guerra multidominio: un modelo en el que se integran los cinco dominios militares (tierra, aire, mar, espacio y ciberespacio) como si fueran uno solo. Una de las razones detrás de este modelo es que la proliferación de ciberataques obliga a que los países con ejércitos regulares implementen soluciones avanzadas para protegerse mejor.
Sin embargo, no sólo los países han elaborado estrategias para responder a este desafío.
En la actual dinámica internacional se encuentran actores distintos que también participan de este dilema. Empresas multinacionales de gran capital y poderío continúan diseñando ambiciosos proyectos de índole geopolítica. El caso más reseñado en redes y medios es el de la transnacional de macrodatos Palantir, fundada por el norteamericano Peter Thiel. Se trata de una compañía dedicada a la recabación de bases de datos públicas. Mediante avanzados modelos de integración, destina estos datos a los servidores de ejércitos como el de Estados Unidos e Israel. De entrada se reconoce una colaboración aceleracionista entre el capital privado y dos de los países más beligerantes del mundo.

Si bien es cierto que la guerra es una de las actividades más constantes de la historia de la humanidad, no podemos descartar este hecho como algo normal. Es cierto que los grandes actores financieros, y las figuras de gran poderío económico, han contribuido reiteradamente a los esfuerzos militares de sus países de origen.
Lo que llama la atención del caso de Palantir es la pretensión de lograr un “absolutismo informático”, por así decirlo. Y que este modelo tan inusual, que pudiera predecir y vigilar todas las acciones humanas a lo largo del planeta, sea precisamente el que determine el éxito o la vigencia de las grandes estructuras militares en el mundo contemporáneo. En tal sentido, conviene hacer mención del libro Infocracia del influyente filósofo coreano Byung Chul-Han, el cual advierte que “El tsunami de información desata fuerzas destructivas. Entretanto, se ha apoderado también de la esfera política y está provocando distorsiones y trastornos masivos en el proceso democrático. La democracia está degenerando en infocracia”.
Se supone que el propósito de un ejército regular es proteger el interés nacional de su país. Eso está claro. Más allá de si la guerra es mala (que claramente lo es), el objetivo primordial de que un país sea capaz de librar las armas es defenderse. Pero el caso de Palantir amenaza con reescribir esta premisa fundamental de lo que significa “perseguir el fin de la política con otros medios”. Porque no busca nada parecido a la defensa, sino el control universal por medio de los datos y las armas.
Por otro lado, hay un atenuante más digno de mención en el caso de Palantir.
Nos referimos a la visión del mundo de esta empresa: una asombrosa mezcla entre supremacía tecnológica y determinismo religioso. Casi, casi, una teología tecnológica.
¿A qué nos referimos con este interesante punto?
El filósofo ruso Aleksandr Dugin, en un interesante artículo publicado en su sitio web Arktos, sostiene que Peter Thiel asume que tiene una misión universal de traer el Anticristo a la Tierra. Sí, tal como suena. ¡Una misión teológica! Recordemos que el fundador de Palantir es devoto de una tradición escatológica del protestantismo anglosajón. Parte de un gran proyecto mesiánico que buscaría traer el fin de los tiempos al mundo que conocemos, y que está dispuesto a usar la guerra para conseguirlo.
¿Quién sabe por qué se dirigen las cosas hacia este punto tan inusual? Lo cierto es que, mientras lees estas líneas, grandes representantes de los oligopolios de la tecnología en Estados Unidos se reúnen en salones de conferencia a puerta cerrada. Con refrigerios, carnets y pases de cortesía, aire acondicionado y muchas, muchas referencias a El Señor de los Anillos. Su único propósito: “ilustrarse” sobre teología aceleracionista, algo que ellos llaman filosofía (que dudosamente comprenden), y la misión que supuestamente les atañe de llevar el mundo hacia el caos apocalíptico. De este modo, irónicamente, se salvaría la humanidad. Precipitando su destrucción.

Algunos de estos puntos los había predicho ambiciosamente el filósofo inglés Nick Land hace algunas décadas en libros como Sed de aniquilación. En esta obra, Land vaticinaba la llegada de un movimiento peligroso entre influyentes hombres de las finanzas, algunos más cultos que otros, inspirados en causas divinas. A este movimiento lo llamó Land “la Ilustración oscura”.
¿Estamos ante la llegada del apocalipsis?
Está claro que las guerras son terribles. Suponen grandes cambios y alteraciones en el planeta y en el modo de vida de millones de personas. Pero no dejarán de existir, porque lamentablemente son parte de lo político.
Sin embargo, el caso de Palantir propone algo como una universalidad de este germen destructivo. Hace algunos días, el fundador de NVIDIA, Jensen Huang, reconoció que el objetivo de muchas empresas de tecnología es lograr la aparición de “un dios” basado enteramente en Inteligencia Artificial. ¿Acaso hay alguna diferencia entre este “dios IA” y el Anticristo informático que describe Dugin? ¿Qué diferencias notarían los líderes de Palantir entre el Libro de las Revelaciones y una suerte de distopía infocrática mundial? Tal vez ninguna.
La libertad que nos ha dado la tecnología pudiera, con el paso del tiempo, ser algo menos que la transición hacia esa gobernanza apocalíptica del mañana. Lo que está claro es que, para resistir al auge de la “Ilustración oscura”, debemos oponer una muralla de libertad informática y tecnológica. Una Ilustración luminosa.
